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CUANDO PASE LO DEL CORONAVIRUS ¿NOS DAREMOS CUENTA LO QUE ERA O NO IMPORTANTE?

Tiene que haber un antes y un después, de lo contrario no habremos aprendido nada.

Publicado: 2020-03-18

En medio de la otra epidemia viral del COVID – 19 por internet corrió como reguero de pólvora en redes sociales un supuesto mensaje de una científica española que dice: “Le dan a un futbolista 1 millón de euros mensual y a un biocientífico 1,800 euros por mes”. Más allá de preguntarnos si fue cierta o no esta declaración, la afirmación tiene una contundente veracidad de pensamiento, cuestiona la realidad y a todos nosotros como sociedad (¿humanidad?).

No tengo las cifras de la inversión estatal en investigación científica y tecnológica en el Perú, ni mucho menos los montos de sueldos de personal médico y científicos (tampoco cuántos existen en el país) especializados en inmunología, biotecnología, ingenieros, entre otros, pero no resulta difícil aceptar que la distancia del dinero que se mueve en negocios como el futbol, la farándula, de un lado, y la ciencia y tecnología al otro extremo, es abismal y de escándalo, ni qué decir de las remuneraciones no solo de nuestros científicos, sino de los demás profesionales de la salud como médicos, enfermeras, paramédicos que son los que ponen el pecho ante las balas en la primera línea de atención y defensa frente a la epidemia.

A pesar que esta situación se mantiene por años e incluso se invierte cada vez menos no solo en países de la Región, sino en europeos (siempre habrá pretextos para priorizar lo urgente de lo trascendente, el negocio y la economía sobre la salud, la ciencia y la ecología, la ignorancia y la banalidad encima del conocimiento y la educación) con el COVID – 19 llegó el día en que el mundo se invadió con una nueva amenaza de apocalipsis viral que nos encontró ignorantes, irresponsables, desconcertados, desprevenidos, desnudos de nuestras miserias como sociedad y humanidad.

Siempre habrá pretextos para priorizar lo urgente de lo trascendente, el negocio y la economía sobre la salud, la ciencia y la ecología, la ignorancia y la banalidad encima del conocimiento y la educación.

Entonces los países empezaron a cerrar sus fronteras, a defenderse de una guerra, esta vez no de balas, ni misiles o de bombas, sino de gotículas de saliva, disparadas no desde un ejército enemigo, sino desde la propia gente. Empezó también el pánico y el rechazo, primero a los chinos (o mejor dicho asiáticos, porque japoneses, coreanos y demás fueron metidos en un mismo saco, como tantas veces lo hacen norteamericanos y europeos con nosotros), luego italianos, españoles, franceses, hasta que llegó a cada una de nuestras comunidades donde empezamos a mirarnos extraños y con más desconfianza.

Pero lo que no sabía (o mejor dicho, no quería saber) la gente (y los gobiernos) es que este virus como las enfermedades y la muerte, no excluye, se reparte democráticamente entre ricos y pobres, con educación o sin educación, honestos y corruptos, con fe o sin fe. Los poderosos que se creían invencibles ven como sus economías y sociedades caen, no por el poder militar, sino por el poder del contacto físico, de un beso y de un abrazo.

Este virus como las enfermedades y la muerte, no excluye, se reparte democráticamente entre ricos y pobres, con educación o sin educación, honestos y corruptos, con fe o sin fe.

No estoy en contra del futbol (“lo más importante de las cosas menos importantes” como lo dijo alguna vez el genial Valdano), ni del entretenimiento (una necesaria motivación de todos los seres humanos), pero circunstancias extremas como las que estamos viviendo tienen que hacernos reaccionar para que el personal médico y nuestros científicos sean más indispensables que un futbolista y el futbol, que un establecimiento de salud, las investigaciones y tecnología sean más urgentes que gastar millones en espectáculos de farándula y pagos millonarios a sus personajes.

Y espero que entendamos que a pesar de la importancia que se le da y le damos, y de los millones de dinero que generan, los estadios ahora lucen vacíos, no hay conciertos, ni rodajes de películas, producción de series televisivas, no hay espectáculos, porque la salud y la vida es lo más importante.

Ojalá que la ausencia de encuentros masivos esté llevando a la gente y al mundo a un tiempo de reflexión a solas o con el círculo más estrictamente familiar, y claro, volver a lo de antes, recuperar lo que era “normal”, cuando no había la internet y toda esta vorágine de tecnología global que nos llevó a olvidar y desaparecer la conversación, los momentos de disfrute reales y no virtuales.

Espero que esas gotitas de saliva que al hablar, cantar, conversar o estornudar esparcimos en el ambiente despierte la consideración por los demás y nos quedemos de por vida con buenos hábitos de higiene y sanidad a nivel personal y en público; nos preocupemos más por el cuidado de los ancianos y de todo aquel que esté en condición vulnerable; cuidemos nuestro estado físico, dejemos de fumar y cometer excesos al alimentarnos y beber; cambiemos la economía por la ciencia y la ecología; invirtamos nuestros valores trastocados por el egoísmo y la insensibilidad; en síntesis, entendamos y demostremos de una buena vez que la vida tiene que ser primero y que todo lo demás es secundario.

Que esas gotitas de saliva que al hablar, cantar, conversar o estornudar esparcimos en el ambiente despierte la consideración por los demás y nos quedemos de por vida con buenos hábitos de higiene y sanidad a nivel personal y en público.

A partir de ahora aceptemos que no existe lugar seguro, que no se trata de salvarme, de pensar individualistamente; en nuestros pensamientos tienen que caber todos; nuestro comportamiento tiene que ser guiado por el “si mi importan los demás todos estaremos bien”, desterremos el: “si solo yo tengo alimentos, salud y agua, no me importa o no es mi problema que los demás no lo tengan”, pues nuestras vidas están en peligro porque depende de cómo estén los que me rodean.

Si mi importan los demás todos estaremos bien.

A pesar de todos los avances tecnológicos, de los cada vez más milenials y centenials, para esta epidemia sirvió de poco, nos volvió a la aldea, a nuestros instintos más básicos de sobrevivencia, al miedo de quedarnos en el aislamiento, a perder la perspectiva de que la única alternativa de ayer, hoy y siempre será “juntos estaremos bien y seremos mejores”.

Luego de esta pesadilla y cuando despertemos, mi deseo es que si realmente hemos aprendido empezaremos a cambiar para bien y para siempre. Aunque eso represente reinventar nuestros saludos, nuestros besos, replantear nuestra soledad, nuestro contacto y relacionamiento social. Tengo el convencimiento de que este virus no terminará con nosotros; y que a pesar de las vidas que lamentablemente nos terminará quitando, nos dé la oportunidad de recuperar nuestra humanidad y que empecemos de cero nuevamente.



Escrito por

Herless Alvarez Bazán

Periodista de ciencia y política. Runner de caminos nuevos o no transitados


Publicado en

ConCIENCIA

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